Si te gusta, compárteloTweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedInPin on Pinterest

Hoy en día parece imposible separar en edades formativas la palabra deporte de la palabra valores. Se habla de la utilización del deporte como vía para dotar a los niños de una serie de habilidades a través del aprendizaje deportivo que harán de ellos adultos responsables e íntegros, con capacidad de sacrificio, de trabajo en equipo, de esfuerzo… pero… ¿Es el deporte por si sólo capaz de lograr esto? ¿Todos los niños que practiquen la misma disciplina deportiva aprenden los mismos valores?

Para responder estas preguntas os propongo el siguiente ejercicio:

Andrés y Carlos son dos niños que practican baloncesto en el club de su barrio. Ambos tienen la misma edad y por lo tanto juegan en el mismo equipo. Les diferencia el entorno familiar que podrá optar por la colaboración con el Club o por hacer valer sus intereses particulares.

En este caso, ambos niños acaban de terminar las vacaciones navideñas y vuelve la competición. El entrenador pone sobre aviso a sus jugadores, hoy va a tocar día de trabajo físico porque tras el parón navideño hay que prepararse bien para el siguiente partido. A Andrés no le gusta el trabajo físico y consigue convencer a su madre de que hace demasiado frío como para entrenar, fingiendo un poco de tos. Su madre accede a que no entrene para ahorrarse una discusión y de paso un trayecto en coche.

Por otro lado está Carlos, que trata de convencer a su madre sin éxito. Esta argumenta que desde que se apuntó sabía que le iba a tocar entrenar, hiciera frío o calor y que al decidirse a formar parte del equipo adquirió una responsabilidad tanto con sus compañeros como con su entrenador.

Volvamos a las preguntas enunciadas anteriormente.

¿Es el deporte por si solo capaz de transmitir valores?

El deporte puede proporcionar experiencias aprovechables para la transmisión de valores, pero por si sólo no es efectivo. Si atendemos al ejemplo anterior, en una misma situación, han sido dos personas del entorno de los jugadores las que han orientado el aprendizaje en una dirección o en otra. El deporte ha sido el vehiculo que ha propiciado esa situación, pero el concepto que ha salido beneficiado en el caso de Andrés ha sido el de la comodidad, el placer de no enfrentarse a nada, de no ponerse a prueba, el de evitar la molestia del trabajo que adapta la fisiología y mejora las cualidades.

Por otra parte Carlos acabará yendo al entrenamiento y quizás aprenda que la mejora no llega con el paso del tiempo, sino más bien con lo que pasa o haces en su trascurso y al final saldrá contento por haber sido capaz de dar respuesta a todas las peticiones que le ha planteado su entrenador.

¿Todos los niños que practiquen la misma disciplina deportiva aprenden los mismos valores?

En el ejemplo expuesto queda patente que no tiene por que darse esta relación. El deporte por si mismo, como hemos comentado anteriormente no es suficiente para enseñar esos valores. Estos beneficios van de la mano de una buena planificación, de profesionales preparados y de una correcta actuación de los padres y madres para reforzar de manera adecuada la conducta del niño o niña. Es imprescindible la sinergia y comunión de las partes implicadas, padres y entrenadores.

Hacer deporte es tremendamente beneficioso, ahora bien, será nuestra responsabilidad propiciar el entorno adecuado, para  por un lado dar pie a que se produzca un aprendizaje de conductas y valores positivos  y por otro, para controlar o prevenir que la experiencia deportiva sea frustrante o genere malestar, pudiendo llevar al practicante a su abandono. Hay que tener en cuenta que la práctica deportiva mal dirigida por el entrenador y/o con una implicación inadecuada por parte de los padres, puede ocasionar perjuicios emocionales y físicos en un joven deportista (Gimeno, 2005).

Figura 1. El triángulo deportivo.

 

El triángulo deportivo (fig. 1) está formado por las tres figuras mas relevantes dentro de la practica deportiva del deportista: El deportista, la familia y el entrenador (Cruz, J. 2001).

Dentro de este modelo hay dos figuras que tienen una gran importancia en su formación puesto que son dos referentes para el niño: Los PADRES y los ENTRENADORES. Ambos colectivos deben compartir objetivos, deben estar de acuerdo en que conductas reforzar, cuales modificar y cuales eliminar. Los valores están detrás de lo que pensamos, decimos y hacemos, constituyen el código que programa nuestra vida y además queremos para los demás, por ello, es necesario el acuerdo y el consenso de todos.

En el caso de los entrenadores, su influencia es mucho mayor de lo que se cree. Sus comportamientos y actitudes son un modelo que imitan muchos de sus jugadores, no solo en el entorno deportivo si no en su vida cotidiana. (Cruz, J. 2001).

Los padres por su parte son los educadores principales del niño, y un modelo a imitar en muchos aspectos. También ellos tienen una manera de proceder y comportarse en el ámbito deportivo, ya sea en los partidos de sus hijos, al seguir una competición con ellos a través del televisor o en los comentarios posteriores al entrenamiento. En todas estas situaciones se favorece un aprendizaje u otro dependiendo de la manera en la que se desarrollen.

Entonces… ¿Cómo podemos propiciar que este aprendizaje sea positivo?

Primero de todo, tenemos que tener en cuenta el lugar del que partimos. Un niño tiene que disfrutar, tiene que jugar, tiene que experimentar con el entorno, tiene que equivocarse y tiene que aprender. Ese es el principal objetivo de la formación deportiva.

Una vez visto el contexto en el que nos encontramos podemos puntualizar una serie de aspectos fundamentales que puedan ayudar a orientar de una manera correcta esta formación:

ENTRENADORES:

  • Tener claro que entrena a niños o a adolescentes, por lo que debe asumir la responsabilidad de formarlos como deportistas.
  • Actuar como un modelo para ellos. Los deportistas tenderán a imitar las conductas que vean en su entrenador puesto que es su referente en el entorno deportivo.
  • Ser justo y equitativo en las oportunidades. Cada niño madura a un ritmo distinto. Si solo participan del juego aquellos mas desarrollados físicamente, estamos privando al resto de un aprendizaje necesario en una etapa crítica para su desarrollo.
  • Favorecer la continuidad en los entrenamientos. La capacidad de atención de un niño es más reducida que la de un adulto, así pues conviene reducir las charlas favoreciendo entrenamientos más activos en los que los jugadores puedan estar en continua práctica.
  • Ser claros explicando: No todos los niños entienden lo mismo ante palabras como “intensidad” o “esfuerzo”. Conviene simplificar al máximo las instrucciones para que entiendan que es lo que les estamos pidiendo. Ejemplo: Esfuerzo à Cada vez que pierdo un balón tengo que ir corriendo a por él.
  • Destacar las conductas que buscamos que se repitan: Esto provocará que se centren en su propia conducta, que es lo que más depende de ellos, aprendiendo así a confiar en ellas puesto que les ayudan a conseguir mejores resultados y pudiendo así corregir aquellas otras que necesiten mejorar.
  • Ser generoso con las palabras de aprobación y con los elogios; no de manera arbitraria si no como consecuencia de esas conductas concretas que lo merezcan. Esto provoca deportistas más satisfechos, más motivados y como consecuencia, un mejor aprendizaje.

 

PADRES:

  • Hay vida más allá del deporte: Una excesiva implicación por nuestra parte en el deporte de nuestros hijos puede generar una presión innecesaria que podría afectar a su bienestar.
  • Fomentar la autonomía del niño. Si le hacemos la mochila a nuestro hijo o repasamos por él el contenido de la misma estamos dejando pasar la oportunidad de enseñarle valores como la responsabilidad, el cuidado del material o la autonomía.
  • Respetar el trabajo de los entrenadores. Si durante el partido nos dedicamos a dar instrucciones, el niño se encuentra ante la difícil tesitura de tener que elegir a quien hacer caso y a quien no, generando esto un conflicto en la toma de decisiones que puede acarrear malestar y frustración.
  • Ganar no lo es todo. El principal objetivo del deporte de formación es ese: Formar. Para ello es importante que todos los niños, independientemente del nivel físico o táctico puedan tener las mismas oportunidades de desarrollo y disfruten de la experiencia deportiva.
  • Orientar hacia el disfrute o aprendizaje. Sobre todo después de las competiciones, el deportista basa su satisfacción en el resultado. Es recomendable que como formadores suyos dirijamos las preguntas hacia el disfrute o aprendizaje, propiciando así que mas allá del resultado, evalúe su propio rendimiento.

Con este artículo he pretendido hacer una reflexión en voz alta sobre un tema que me sigue preocupando, del que tengo la sensación de que se nos escapa algo, se nos resiste y del que solemos dejar demasiadas cosas en el aire.

 

Referencias bibliográficas:

1. Alcázar Salmerón, C. (2015). Incidencia de los agentes socializadores-padres y entrenadores-en la formación integral del joven deportista.

2. Buceta, J. M., & Fernández, J. M. B. (2004). Estrategias psicológicas para entrenadores de deportistas jóvenes. Librería-Editorial Dykinson.

3. Gimeno, F. (2005). Asesoramiento y formación con entrenadores y padres de deportistas jóvenes

4. Montero, F. J. O. (2009). Los padres y el deporte de sus hijos.

5. Whitehead J., Telfer H., & Lambert J. (2013). Values in youth sport and physical education. Routledge.

Posts que te podrían interesar...

Si te gusta, compárteloTweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedInPin on Pinterest
 
The following two tabs change content below.

Pedro Garcia Montañes

Redactor DM
Graduado en Psicología (UV) y Máster en Psicología del deporte (COP-CV). Me apasiona el trabajo con los equipos base ayudando a fomentar la educación en valores, el bienestar y el disfrute por el deporte, sin dejar de lado el rendimiento deportivo.

Latest posts by Pedro Garcia Montañes (see all)